sábado, 29 de abril de 2017

La paz: qué susto

La paz: qué susto

Me asustan sin duda esas imágenes de la paz que se avecina con las FARC. Todos los días veo, escucho y leo que nuestros supermercados estarán desabastecidos; se extinguirá por decreto la propiedad privada; será desterrada la inversión económica extranjera; los líderes de la oposición, y los estudiantes serán silenciados; los militares cubanos nos invadirán; se decretarán el homosexualismo, el marxismo y el ateísmo; se abolirán las elecciones.
Por: María González*
Esa es la caricatura de la paz negociada que circula en las redes sociales, y que muchos comparten. Esa es la farsa de la paz que muchos colombianos creen, y por la cual votarán no, aunque haya otros que invocan argumentos razonables para hacerlo: incredulidad en la justicia transicional y rechazo a la participación política de los desmovilizados.
Me da susto ‘la gente de bien’ que en nombre de “la paz justa” reclama acribillar a las abominables FARC, al rufián de Santos y a los mafiosos de la izquierda disfrazados de políticos; que proclama un solo camino y un solo salvador verdadero; que invoca la emergencia de una resistencia civil a la paz negociada con el rostro de Carlos Castaño como estandarte y demanda que las zonas de concentración de la guerrilla sean los cementerios (todas estas son expresiones verificables en las redes). Estamos más seguros en la guerra que en la paz, aseveran.
Los acuerdos alcanzados son presentados como “socialmierdismo”, o una expresión inequívoca de nuestra “capitulación ante el terrorismo”; el comandante de las Fuerzas Militares es un arrodillado o un ingenuo; la víctima que saluda al enemigo un traidor, o un trastornado; quienes participaron del proceso son unos vendepatrias, y todos los demás somos simpatizantes de la guerrilla… ah… y ellos nuestros perseguidos. En esta lógica no somos contradictores sino enemigos. Hay una gran diferencia allí.
La demonización del adversario, su representación como una amenaza a nuestra sociedad y a nuestra propia existencia, incita a su eliminación o destierro como única salida, porque su palabra es una farsa y su gesto de paz esconde una estrategia tiránica. No es la primera vez que la vociferación del odio ha dominado la escena política. Ya en los 40 y los 50 los discursos incendiarios de los políticos azuzaron a esa Violencia de la cual sólo se recuerda a un muerto, aunque hayan sido 200.000. Eran discursos que por lo demás utilizaban casi las mismas retahílas de ahora (comunista, ateo, masón vs. reaccionario, fascista, violento) y que fueron difundidos sin cortapisas y de forma reiterada por los medios del momento. Las fórmulas retóricas reemplazaron la discrepancia política y programática. Se hizo la Violencia, y se hizo la guerra. Ese es el poder de la palabra.
Más allá del resultado del plebiscito, lo que se viene gestando es la deslegitimación de nuestra institucionalidad democrática, porque de ganar el sí, el triunfo será increpado (de hecho, ya lo fue) como un fraude imposible de tolerar, y si gana el no, será el triunfo del pueblo sobre el terrorismo encabezado por el Presidente “Timosantos”. La puerta ha sido abierta no sólo para la continuación de esta guerra, sino también, para el emprendimiento de una nueva guerra.
Luego de una convivencia tan prolongada con el conflicto armado, el discurso de la destrucción y del enemigo, propio de la guerra, convirtió la política colombiana en otro campo de batalla, en su extensión. La política es a veces tan sucia como la guerra misma. Ojalá el 2 de octubre podamos manifestarnos en contra de las dos.
* Investigadora social

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