sábado, 13 de mayo de 2017



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Perra vida

Por: María González*

La noticia registrada en prensa y televisión es acerca de la muerte violenta de un hombre en Bogotá. Al final del día es la noticia más leída y cuenta con miles de corazoncitos, caritas felices o deditos ‘pa´rriba’, y ni una sola cara de tristeza o enojo. ¿Qué muerte violenta causa este júbilo?
La nota describe, por demás, las circunstancias crueles en las que murió la víctima; a saber: al intentar asaltar un predio (robar unos cables), un ladrón murió luego de ser atacado por tres perros guardianes. Fueron muy seguramente las circunstancias atípicas que rodearon el hecho las que atrajeron la atención mediática, no su consideración como suceso de interés público. Realmente creo que fue publicada por el cálculo del morbo, rating o tráfico que podía generarse alrededor, dado su inusual carácter. Y no se equivocaron.
El hecho fue comentado multitudinariamente en las redes como una “buena noticia”, una “hermosa historia”, una “encantadora” y “aleccionadora” experiencia con un “final feliz”. Asimismo, fueron muchísimos los comentarios, la mayoría, de preocupación e indignación: “¡Qué embarrada... por los perritos!, pueden contraer una infección en el hocico”; “Por favor, que no los vayan a sacrificar, ellos son más valiosos que esa rata”.
Guau.  En las redes, el indigente no mereció ni un mínimo de conmiseración. Simplemente era un hampón, una escoria, un desechable... Es menos que un animal… Perra vida.
Es mucho el odio que se trasluce en dichas reacciones o, tal vez mejor, es mucho el miedo que se esconde tras ese odio. La sensación o percepción de vulnerabilidad encuentra un enorme refuerzo en la impunidad policial y judicial. A ello se suma el sobredimensionamiento de la inseguridad por parte de unos medios que infunden y se alimentan del miedo y la violencia. Este ambiente hostil, que se palpa cotidianamente, ha dado lugar a la pérdida de cualquier empatía con quien se juzga como una amenaza, o como un indeseable. Estamos expuestos, desde hace tanto, a violencias de todo tipo, que somos cada vez más intolerantes frente al otro, y más tolerantes con la violencia misma. En efecto, hay violencias que ya no duelen, o que se perciben como justas porque, ante todo, el miedo de ser víctima puede más… (Si o no, mi perro…)
No en vano a la persecución o asesinato sistemático de delincuentes, indigentes y prostitutas se le denomina sin más como “limpieza social”; y en los noticieros se califica al linchamiento o a la venganza como “justicia por mano propia”. En este escenario impera como modelo ideal de justicia el ojo por ojo, diente por diente. ¡Pass aauff! ¡Attack, firulais!

Producto de la desconfianza y de la angustia cotidiansa, los círculos sociales se han estrechado cada vez más, y los derechos de esos otros, y poco a poco de quienes sencillamente nos resultan diferentes, han pasado a ser vistos como excesos, o a ser señalados como una injusticia.  Finalmente, el otro se labró su destino. Allá él en su miseria, o “su desviación”, y nosotros en nuestro prejuicio. El Otro, en principio, es un intruso o una amenaza, y en esta lógica se requieren medidas cada vez más radicales para salvaguardarnos. No debe tener nuestros mismos derechos. ¡Chite, chite!
Este irreflexivo terreno no da para más sino para hacer campañas de indignación o linchamiento, a las que semanalmente se les cambia el nombre por el de una nueva víctima o por el del perpetrador de turno; y para reclamar la pena de muerte o la cadena perpetua a cada nuevo caso de violencia, pero ¡ojo!, solo para los casos que se salen de los límites de lo razonable o previsible, es decir, aquellos que no se corresponden con el típico asesino, la típica víctima, el típico homicidio, a los que estamos acostumbrados. Los colombianos de bien somos más, nos repetimos mientras vemos todos los días nuevas víctimas, todas producto de casos aislados.
Ahora bien, no solo los medios viven del miedo al Otro. El miedo es enarbolado en la cruzada purificadora de nuestra Constitución por los falsos mesías y pastores, que quieren reducir la democracia a la ley de las mayorías, que es, en otras palabras, la ley del más fuerte. Asistimos a la deshumanización del diferente, del Otro. (“Saquémoslo a patadas”, “Hagámoslo trizas” En el nombre de Dios, ¡Pass aauff! ¡Attack, firulais!)
El miedo nos gana. Finalmente, la capacidad para sentir afecto, o comprensión, o solidaridad (que para algunos define la humanidad) es cosa de perros… eso dicen los dueños de mascotas.
Protejamos a los animales, sin duda. Pero no está de más proteger a los humanos, ¿no? Muchos desean esa vida de perros… ¡Perra vida!

 *Investigadora social

(Foto tomada de Facebook, Sociedad de Filosofía aplicada)





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