Perra vida
Por: María González*
La noticia
registrada en prensa y televisión es acerca de la muerte violenta de un hombre
en Bogotá. Al final del día es la noticia más leída y cuenta con miles de
corazoncitos, caritas felices o deditos ‘pa´rriba’, y ni una sola cara de
tristeza o enojo. ¿Qué muerte violenta causa este júbilo?
La nota
describe, por demás, las circunstancias crueles en las que murió la víctima; a
saber: al intentar asaltar un predio (robar unos cables), un ladrón murió luego
de ser atacado por tres perros guardianes. Fueron muy seguramente las
circunstancias atípicas que rodearon el hecho las que atrajeron la atención
mediática, no su consideración como suceso de interés público. Realmente creo
que fue publicada por el cálculo del morbo, rating o tráfico que podía
generarse alrededor, dado su inusual carácter. Y no se equivocaron.
El hecho fue
comentado multitudinariamente en las redes como una “buena noticia”, una
“hermosa historia”, una “encantadora” y “aleccionadora” experiencia con un “final
feliz”. Asimismo, fueron muchísimos los comentarios, la mayoría, de
preocupación e indignación: “¡Qué embarrada... por los perritos!, pueden
contraer una infección en el hocico”; “Por favor, que no los vayan a
sacrificar, ellos son más valiosos que esa rata”.
Guau.
En las redes, el indigente no mereció ni un mínimo de conmiseración.
Simplemente era un hampón, una escoria, un desechable... Es menos que un
animal… Perra vida.
Es mucho el
odio que se trasluce en dichas reacciones o, tal vez mejor, es mucho el miedo
que se esconde tras ese odio. La sensación o percepción de vulnerabilidad
encuentra un enorme refuerzo en la impunidad policial y judicial. A ello se
suma el sobredimensionamiento de la inseguridad por parte de unos medios que
infunden y se alimentan del miedo y la violencia. Este ambiente hostil, que se
palpa cotidianamente, ha dado lugar a la pérdida de cualquier empatía con quien
se juzga como una amenaza, o como un indeseable. Estamos expuestos, desde hace
tanto, a violencias de todo tipo, que somos cada vez más intolerantes frente al
otro, y más tolerantes con la violencia misma. En efecto, hay violencias que ya
no duelen, o que se perciben como justas porque, ante todo, el miedo de ser
víctima puede más… (Si o no, mi perro…)
No en vano a
la persecución o asesinato sistemático de delincuentes, indigentes y
prostitutas se le denomina sin más como “limpieza social”; y en los noticieros
se califica al linchamiento o a la venganza como “justicia por mano propia”. En
este escenario impera como modelo ideal de justicia el ojo por ojo, diente por
diente. ¡Pass aauff! ¡Attack, firulais!
Producto de
la desconfianza y de la angustia cotidiansa, los círculos sociales se han
estrechado cada vez más, y los derechos de esos otros, y poco a poco de quienes
sencillamente nos resultan diferentes, han pasado a ser vistos como excesos, o
a ser señalados como una injusticia. Finalmente, el otro se labró su
destino. Allá él en su miseria, o “su desviación”, y nosotros en nuestro
prejuicio. El Otro, en principio, es un intruso o una amenaza, y en esta lógica
se requieren medidas cada vez más radicales para salvaguardarnos. No debe tener
nuestros mismos derechos. ¡Chite, chite!
Este
irreflexivo terreno no da para más sino para hacer campañas de indignación o
linchamiento, a las que semanalmente se les cambia el nombre por el de una
nueva víctima o por el del perpetrador de turno; y para reclamar la pena de muerte
o la cadena perpetua a cada nuevo caso de violencia, pero ¡ojo!, solo para los
casos que se salen de los límites de lo razonable o previsible, es decir,
aquellos que no se corresponden con el típico asesino, la típica víctima, el
típico homicidio, a los que estamos acostumbrados. Los colombianos de bien
somos más, nos repetimos mientras vemos todos los días nuevas víctimas, todas producto
de casos aislados.
Ahora bien,
no solo los medios viven del miedo al Otro. El miedo es enarbolado en la
cruzada purificadora de nuestra Constitución por los falsos mesías y pastores,
que quieren reducir la democracia a la ley de las mayorías, que es, en otras
palabras, la ley del más fuerte. Asistimos a la deshumanización del diferente,
del Otro. (“Saquémoslo a patadas”, “Hagámoslo trizas” En el nombre de Dios,
¡Pass aauff! ¡Attack, firulais!)
El miedo nos
gana. Finalmente, la capacidad para sentir afecto, o comprensión, o solidaridad
(que para algunos define la humanidad) es cosa de perros… eso dicen los dueños
de mascotas.
Protejamos a
los animales, sin duda. Pero no está de más proteger a los humanos, ¿no? Muchos
desean esa vida de perros… ¡Perra vida!
*Investigadora social
(Foto tomada
de Facebook, Sociedad de Filosofía aplicada)

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